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Sam McCuish (Reino Unido)
Capítulo Uno:
Diagnóstico
Tuve mi primera menstruación a los 16 años, y desde el primer día,
mis reglas fueron dolorosas e irregulares. Pensé que esto era
normal y conviví con el problema. Hacia los 18 años, las cosas
habían empeorado mucho; el dolor que sentía justo antes de la
menstruación, y los primeros cuatro días me dejaban débil. Tampoco
tenía ni idea de cuándo me vendría el período, y eso me hacía la
vida difícil. A pesar de ser joven en aquella época, ya estaba
preocupada por mis perspectivas de tener hijos, algo que para mí
era más importante que ninguna otra cosa que pudiera imaginar. Como
estudiante de biología, sabía demasiado bien que era improbable que
alguien pudiera concebir con el tipo de ciclos menstruales que yo
tenía. O eran demasiado frecuentes, o me faltaban.
Consulté con mi médico, que era muy atento y comprensivo, y quien
inmediatamente me derivó a ver un ginecólogo especialista. Mi
experiencia con el ginecólogo no fue particularmente positiva. Por
el examen físico y la presentación clínica me diagnosticaron una
endometriosis leve y recibí tratamiento médico tras la primera
visita. Las cosas no mejoraron y la cirugía láser fue mi siguiente
opción. A medida que las cosas avanzaban, recibí cinco años de
tratamiento con láser (cuatro en total) y tratamiento hormonal,
para controlar lo que se descubrió entonces que era una
endometriosis moderada con ovarios poliquísticos. A los 18 años es
sumamente difícil comunicar verbalmente las preocupaciones que uno
tiene sobre la fertilidad y ser tomado en serio por los
profesionales médicos. Sin embargo, como yo era bien consciente de
que la afección estaba relacionada, aunque de manera inexplicada,
con la infertilidad, yo estaba preparada para lo que me podía
deparar el futuro y, aunque esto me había provocado algunas veces
una gran tensión emocional, también me permitía ser consciente de
lo que iba a pasar en los años venideros.
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