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Anna & Pete (Australia)
Capítulo Tres: Retomando parte del
control
Me sentí inerme. No tenían ningún
control de ninguna parte de todo el proceso FIV. El problema no era
mío. El proceso era tan rígido, la sincronización era tan crítica,
el resultado no podía verse influido y hasta mis propios
sentimientos parecían estar más allá de mi control. Yo luchaba.
Necesitaba recuperar algo del control, control sobre lo que fuera,
cualquier cosa
Por eso decidí que yo misma me pondría las inyecciones. Era lo
único que yo sentía que podía controlar activamente. Las enfermeras
de FIV me aconsejaron que no lo hiciera, diciendo que la mayoría de
las parejas optan por ir a la clínica todos los días para que una
enfermera administre las inyecciones, o hacían que el marido
pusiera la inyección a la mujer. No me interesaba ninguna de esas
opciones. Yo necesitaba sentir control sobre mi destino si eso
significaba tomar control sobre las inyecciones, así sería.
Sinceramente, hubiera preferido tener control sobre algo más, pero
no había otra cosa.
Antes de que me permitieran auto inyectarme, yo tenía que demostrar
que era competente inyectando. “Seguro, ningún problema, denme una
naranja”. Ante mi verdadero horror, la enfermera me dijo que me
tenía que inyectar en la sala, frente a ella. La dura realidad me
golpeó en ese momento. Yo quería tener control, pero odiaba,
realmente odiaba las inyecciones. ¡Aunque yo había sido enfermera,
lo cierto es que yo me desmayaba viendo como otros ponían
inyecciones! Hice entrar el suero fisiológico en la aguja, saqué el
aire, pellizqué algo de grasa alrededor de mi estómago y hundí la
aguja. ¡Cómo dolía! Estaba tan nerviosa que olvidé inyectar
lentamente, y prácticamente atornillé el émbolo con el pulgar. El
dolor me atravesó el estómago y duró lo que me pareció una
eternidad. Suena como si fuera cobarde, especialmente cuando uno ve
el tamaño de la aguja, pero aprendí mi lección muy rápidamente.
Desde ese momento, tuve mucho cuidado de empujar el émbolo e
inyectarme muy, muy, muy despacio.
Lo hice, me había puesto la inyección delante a la enfermera, y
había conseguido control sobre las inyecciones. Me dio el pequeño
“Kit para el hogar” con todos los viales, algodones y por supuesto,
la temida aguja. Lo apreté contra mi brazo y me dirigí a casa,
sintiéndome rápidamente contenta de mi misma. Es curioso, cuando
mis amigos me preguntaban sobre le proceso y yo les explicaba que
me estaba poniendo las inyecciones yo misma, sentía efectivamente
el control que tanto ansiaba. Esa era la única cosa sobre la cual
yo, y sólo yo, tenía el control total.
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