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Experiencias

  Anna & Pete (Australia)
  1. ¡Todas están embarazadas menos yo!
  2. ¿Y si nunca llegamos a tener hijos?
  3. Retomando parte del control
  4. Mi esposa la Vaca Loca
  5. ¡Dos líneas azules!
  Peter & Deirdre Hudson (Reino Unido)
  Sam McCuish (Reino Unido)
  Chantal & Philippe (Suiza)
  Myriam (Suiza)
  Nikki & Steve (Australia)


Anna & Pete (Australia)

Capítulo Tres: Retomando parte del control

Me sentí inerme. No tenían ningún control de ninguna parte de todo el proceso FIV. El problema no era mío. El proceso era tan rígido, la sincronización era tan crítica, el resultado no podía verse influido y hasta mis propios sentimientos parecían estar más allá de mi control. Yo luchaba. Necesitaba recuperar algo del control, control sobre lo que fuera, cualquier cosa

Por eso decidí que yo misma me pondría las inyecciones. Era lo único que yo sentía que podía controlar activamente. Las enfermeras de FIV me aconsejaron que no lo hiciera, diciendo que la mayoría de las parejas optan por ir a la clínica todos los días para que una enfermera administre las inyecciones, o hacían que el marido pusiera la inyección a la mujer. No me interesaba ninguna de esas opciones. Yo necesitaba sentir control sobre mi destino si eso significaba tomar control sobre las inyecciones, así sería. Sinceramente, hubiera preferido tener control sobre algo más, pero no había otra cosa.

Antes de que me permitieran auto inyectarme, yo tenía que demostrar que era competente inyectando. “Seguro, ningún problema, denme una naranja”. Ante mi verdadero horror, la enfermera me dijo que me tenía que inyectar en la sala, frente a ella. La dura realidad me golpeó en ese momento. Yo quería tener control, pero odiaba, realmente odiaba las inyecciones. ¡Aunque yo había sido enfermera, lo cierto es que yo me desmayaba viendo como otros ponían inyecciones! Hice entrar el suero fisiológico en la aguja, saqué el aire, pellizqué algo de grasa alrededor de mi estómago y hundí la aguja. ¡Cómo dolía! Estaba tan nerviosa que olvidé inyectar lentamente, y prácticamente atornillé el émbolo con el pulgar. El dolor me atravesó el estómago y duró lo que me pareció una eternidad. Suena como si fuera cobarde, especialmente cuando uno ve el tamaño de la aguja, pero aprendí mi lección muy rápidamente. Desde ese momento, tuve mucho cuidado de empujar el émbolo e inyectarme muy, muy, muy despacio.

Lo hice, me había puesto la inyección delante a la enfermera, y había conseguido control sobre las inyecciones. Me dio el pequeño “Kit para el hogar” con todos los viales, algodones y por supuesto, la temida aguja. Lo apreté contra mi brazo y me dirigí a casa, sintiéndome rápidamente contenta de mi misma. Es curioso, cuando mis amigos me preguntaban sobre le proceso y yo les explicaba que me estaba poniendo las inyecciones yo misma, sentía efectivamente el control que tanto ansiaba. Esa era la única cosa sobre la cual yo, y sólo yo, tenía el control total.


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Ultima actualización:14/05/2008
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