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Anna & Pete (Australia)
Capítulo cuatro: Mi esposa la Vaca
Loca
Admiro la elección de Anna de ponerse ella
misma la inyección, pero me partía el corazón que estuviera
dispuesta a causarse tanto tormento. Todas las mañanas, media hora
antes de la inyección programada, se encerraba en el baño y
literalmente “se enloquecía”. Yo me quedaba al otro lado de la
puerta, oyéndola llorar, reír, hablar sola, y después quedarse
callada. La conversación en general era sobre un amigo nuestro, que
es diabético. Se decía a sí misma:
“Déjate de estupideces, Anna; piensa en Simon. El tiene que hacer
esto cinco veces al día. Sí, pero yo no soy Simon. Pero no vas a
tener que hacer esto todos los días de tu vida. Ya sé, ¿pero por
qué lo tengo que hacer ahora? Se supone que tener familia es fácil.
¿Y qué pasa si después de todo esto, tampoco logro tener un
bebé?”
Luego la oía llorar bajito, y después, sollozando decía que
simplemente lo haría. Yo sabía que cuando terminaba esa breve
conversación se ponía la inyección. Me sentía totalmente inútil y
culpable. Culpable porque el problema es mío, e inútil porque ella
no quería que la ayudara; ella estaba decidida a hacerlo sola. Esta
parte del proceso de FIV fue su travesía, y una travesía que hizo
sola. Después de inyectarse, salía del baño bastante contenta y
satisfecha, riéndose de sus propias payasadas. Se reía de sí misma
diciendo que tenía una escisión de la personalidad, y que yo tenía
a una vaca loca por esposa. Nos reíamos un poco los dos, pero
internamente sabíamos que volveríamos a repetir la misma escena la
mañana siguiente.
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